El Doctor en Psicología y académico investigador de la Universidad Santo Tomás Temuco, Mario Castellanos, analiza la creciente visibilidad del fenómeno therian y advierte sobre los desafíos identitarios que enfrentan hoy adolescentes y jóvenes en contextos hiperconectados.
En países de Latinoamérica como Argentina, Uruguay, México y Chile ha comenzado a visibilizarse en espacios públicos y redes sociales el fenómeno denominado therian, donde jóvenes utilizan máscaras y colas y manifiestan una identificación profunda con animales como parte de su autodefinición. En ciudades del sur de Chile, como Temuco, también se han observado estas expresiones, principalmente difundidas a través de redes sociales. Frente a esta tendencia, el académico e investigador de la carrera de Psicología de la Universidad Santo Tomás Temuco, Mario Castellanos, Doctor en Psicología, aborda el fenómeno desde una mirada académica y contextualizada, invitando a comprenderlo más allá del juicio inmediato.
El especialista explica que estas manifestaciones no pueden analizarse de manera aislada, ya que forman parte de un escenario social más amplio. “En los últimos años han emergido, con especial visibilidad en redes sociales, expresiones identitarias que a muchos adultos les resultan desconcertantes. Entre ellas, la tendencia therian, en la que algunas personas afirman experimentar una identificación profunda y persistente con un animal, no como un disfraz ocasional, sino como un componente subjetivo de su autodefinición”, señala.
En ese sentido, Castellanos advierte que este fenómeno comparte una lógica común con otras expresiones identitarias contemporáneas: la búsqueda intensa de pertenencia y significado en un contexto social acelerado e hiperconectado. “Se trata de un escenario con reglas cambiantes sobre ‘quién soy’ y ‘a dónde pertenezco’”, agrega.
Para comprenderlo con seriedad —explica el académico— es clave considerar el momento del ciclo vital en que surgen estas identificaciones. “La adolescencia y la adultez emergente son etapas de alta plasticidad identitaria. Se exploran roles, se ensayan pertenencias, se reescriben narrativas personales y se negocia el reconocimiento con los pares”, afirma. No obstante, advierte que esta exploración puede volverse frágil cuando ocurre en contextos de estrés crónico, debilitamiento de vínculos o alta presión por rendimiento.
Asimismo, el investigador subraya que, en las actuales sociedades de consumo, la identidad ya no se construye únicamente en espacios íntimos y seguros. “Se vuelve un producto narrativo que se muestra, se valida y, a veces, se ‘optimiza’. Cada publicación o comunidad digital ofrece una identidad lista para usar, con estética, lenguaje y códigos de pertenencia”, sostiene. Si bien esto puede generar alivio y sentido de comunidad, también puede implicar riesgos cuando la identidad se transforma en un contrato rígido con el grupo.
Desde la Psicología Económica y del Consumo, Castellanos vincula esta dinámica con la creciente dependencia de la validación externa. “Cuando el bienestar subjetivo se ancla demasiado en la aprobación social, aumentan la comparación constante, la ansiedad por estatus y la necesidad de señales visibles de pertenencia”, explica. En el plano concreto, esto puede traducirse en patrones de consumo orientados a sostener una narrativa identitaria: “gastar para ‘ser’, comprar para ‘pertenecer’, endeudarse para ‘no quedar fuera’”.
Por otra parte, el académico advierte que las repercusiones no son solo culturales. Pueden observarse tensiones familiares, conflictos escolares, exposición a burlas o acoso y una dependencia creciente de comunidades virtuales como principal fuente de reconocimiento. Sin embargo, también reconoce que algunas personas pueden encontrar apoyo real y un lenguaje para expresar malestares previamente invisibilizados.
Frente a este escenario, Castellanos enfatiza que la respuesta social no debiera ser el ridículo ni la censura. “Ambos suelen reforzar el repliegue y la radicalización”, indica. En cambio, propone fortalecer espacios de conversación con criterios claros, promoviendo pensamiento crítico, alfabetización digital y habilidades de regulación emocional.
Finalmente, el académico recalca una idea central: “La identidad no es un objeto que se compra ni una etiqueta que se defiende a cualquier costo; es un proceso. Un proceso que necesita tiempo, vínculos y condiciones mínimas de seguridad, incluida la seguridad emocional, para desplegarse sin convertirse en una trampa”.
De esta manera, desde la academia se abre una reflexión necesaria sobre las dinámicas identitarias contemporáneas y los desafíos que plantean a familias, establecimientos educacionales y a la sociedad en su conjunto. “Si el único camino hacia el reconocimiento es el espectáculo identitario, no debería sorprendernos que muchos lo adopten. Lo urgente es promover formas de pertenencia más humanas, donde la identidad pueda construirse co
